La memoria es selectiva. Aquella mañana, en la que vi por primera vez un Alfa Romeo 156 GTA, se repite mucho en mi memoria. No recuerdo que hice después, no recuerdo cómo llegue al concesionario, ni si quiera recuerdo que hacía allí con mi padre.
Sentados en una mesa al lado de él, no dejábamos de mirarle. Nos tenía cautivados. El GTA, aquella berlina deportiva, tenía pinta discreta, pero andona. Un lobo que no llegaba a tener pinta de lobo, pero rugía como un lobo. El diseño no se había dejado llevar por extravagancias. Era más gordo que un Alfa 156 «normal». El interior, si no es por unos asientos deportivos y por un velocímetro con una máxima inalcanzable para otros 156, era similar, por no decir igual, al de los demás.

¿Quereis que lo arranquemos? Aquel señor, Guillermo creo que se llamaba, sabía que no le estábamos prestando atención. Abrió el Alfa, se metió dentro y aquel motor glorioso de seis cilindros en uve y 3.2 litros cobró vida. Aquel Alfa, quería salir de allí rápido y emanó de su motor, el mejor de los sonidos posibles. Sentí que se esforzaba en agradar, en cautivar aunque a nosotros ya nos tenía enamorados. Aún me pregunto, si aquel Alfa cobró vida de verdad, si el eco de aquel concesionario acristalado o el bramido del arranque el frio hizo que enajenáramos y mirando a los ojos a Guillermo, terminásemos aquella reunión con un escueto » danos precio» casi de forma amenazante.
Creo recordar que el precio estaba cerca de los 50.000 euros. Nunca habíamos tenido un coche tan caro en casa. A raíz del GTA, tuvimos un Porsche Carrera, un Guillia QV, un Macán…como si el listón se hubiera puesto altísimo, como si no hubiera dinero posible para volver a sentir un coche como este Alfa. Yo siempre le he dicho a mi padre, que mi favorito entre todos, fue aquel 156 GTA. Tenía algo especial. El color era gris, tipo el del Alfa Nuvola, pero más oscuro. Esas siglas en la zaga, GTA, le daban un toque maravilloso.
Puede que ahora con los fulgurantes eléctricos, un 6,3 de cero a cien no sea gran cosa. Pero recuerdo que ningún coche me ha transmitido tantas cosas cuando mi padre aceleraba, que aquel Alfa Romeo GTA. Tenía una velocidad de 250 km/hora y siento aún cómo tomaba las curvas rápidas. Tenía que ser algo muy gordo, para que no pareciese lento frente a este Alfa.

Las llantas de aros, típicas de Alfa, le quedaban genial. Sin saber por qué, muchas noches antes de acostarme bajaba al garaje y le miraba a los ojos, le rodeaba sin apartar la mirada, allí permanecía como una fiera preparada para morder. Aparentemente mansa, aparentemente dormida. El mito además se acrecentó. Sobre la base de ese coche, se construyó uno de los mejores turismos de competición modernos. Bajo esas siglas, Alfa humilló a los alemanes en el DTM hasta el punto, de tener que cambiar las reglas del juego.
No es el más rápido, ni el más caro. Pero para mí, es el mejor coche que hemos tenido en casa. Además, se puede decir, que fue el último Alfa Romeo auténtico. Mi padre, siempre me recuerda lo directa que era la dirección. 1,75 vueltas de tope a tope. Preparado para disfrutar. A las dos o tres semanas, mi tío Carlos apareció con el 147 GTA. En principio a pesar de parecer más pequeño, posiblemente por la aerodinámica, el 156 tenía mejores datos de rendimiento. El 147 GTA se le notaba más musculoso, quizá por ser más corto. También era precioso, tenía el mismo corazón, pero sin duda prefería el 156. Llegué a leer, que el motor 3.2 V6 había sido hecho específicamente para la carrocería del 156.

Hoy, hay pocos de segunda mano. Están en torno a 12/15 mil euros. ¿El problema? Que la gente no se fía de su fiabilidad. Porque sin duda, debería estar casi al mismo precio que un BMW M3 de la época. ¿Quizá me pasé demasiado en esto?. Quizá no sentiste por un coche algo así. Quizá fue mi primer amor automovilístico. Quizá más adelante, intente re encontrarme con el. Quizás, quizás, quizás…
Larga vida al V6 3.2.
