Pobreza vs Marketing

Decía Einstein que el único reloj que acierta dos veces al día con exactitud es el que está parado.

Durante mucho tiempo —y seguimos en esos tiempos— el marketing ha conseguido crear necesidades ineludibles para el consumidor. Ha logrado que, a menudo, necesitemos cambiar un móvil por otro de similares características, pero un poco más potente. Ha logrado que pasáramos de la gasolina al diésel y que ahora el defenestrado diésel dé paso a las baterías.

Ha conseguido, hemos de reconocerlo, muchas cosas increíbles. También ha creado necesidades que, con el tiempo, se han convertido en hábitos de consumo que realmente no necesitábamos.

Sin embargo, el marketing se ha topado con el rival más duro: la pobreza. O , que los coches o las motos, hayan subido tanto de precio sin una percepción clara de mejora para nuestro día a día . Ya sea para transportarnos y sobre todo para disfrutar .

Y quizá gracias a esa economía más limitada de muchos estemos acertando en nuestras decisiones. Alargar la vida útil de ese móvil, de esa bicicleta, de esa moto y, sobre todo, de ese coche.

Creo que los grandes inventos y las grandes necesidades que alguien podía necesitar en un coche o en una moto ya se idearon y vendieron hace diez años o más.

Dejando a un lado la seguridad, en la que sí ha habido avances, aunque algunos —como las ADAS— puedan resultar realmente innecesarios para un conductor avezado, ha habido pocos avances verdaderamente significativos.

Pantallas cada vez más grandes. Rangos extendidos que aún no llegan a las autonomías de los buenos motores diésel de antaño. Cámaras para aparcar. Botones en pantallas que en muchos modelos volvieron después a ser físicos. Arrancar el coche con un móvil. Y decenas de avances tecnológicos, sí, pero que a veces tienen poco que ver con la automoción.

¡La IA se me viene a la cabeza! ¿ Estamos realmente tan solos que necesitamos hablar con nuestro coche ?

Recuerdo una boda en la que había para comer algún tipo de crustáceo. Todos se pusieron una especie de babero infantil para no mancharse. Yo no me lo puse y el más divertido de la mesa me preguntó:

—¿Por qué no te pones el babero?

Y le contesté:

—Porque estoy acostumbrado a comer esto y no me voy a manchar.

¿Fue una sobrada de tipo duro de cine?

Sí.

Pero viene a explicar algo.

El marketing nos trata a veces como si fuéramos incapaces de hacer determinadas cosas por nosotros mismos. Para venderte un coche nuevo, cree que necesitas cámaras de 790 grados, pitidos volumétricos compuestos por algún familiar de Mozart y asistentes que te recuerden hasta que tienes que respirar.

Citroen C6 V6

Es el ejemplo de los manuales de uso y disfrute de los coches.

Antes te enseñaban a reparar o arreglar un coche en sus principales averías. Ahora te advierten de que no te bebas el agua de la batería.

En ocasiones, todo este marketing es muy complicado de manejar y escapar de él resulta difícil.

Pero entonces ocurre algo curioso.

Coches que no van mucho mejor que hace diez o veinte años, llenos de todas esas cosas que alguien —que probablemente no conduzca— ha decidido insertar en un coche, valen tres o cuatro veces más.

Y tú no puedes comprarlo. O no quieres comprarlo. O incluso puedes meterte en una de esas fórmulas de «me lo pagas y luego, si quieres, te lo quedas o lo devuelves».

Al final, el marketing consigue que pagues un coche —si puedes— durante toda la vida y que nunca sea del todo tuyo.

Y aquí está el reverso de la historia.

Esa persona que tiene su Audi 100, su Mercedes de hace diez años impoluto, su Renault Safrane, su Citroën C6 o, mejor aún, un XM.

Volvo clásico

El que tiene un AX o un Saxo. Un Polo con un motor 1.4.

El que no quiere o no puede meterse en esa nueva espiral en la que está envuelto el automóvil.

Ese está acertando.

Y lo está haciendo dos veces.

La primera, por inacción.

Si eres joven, llevas un coche distinto, económico y fácil de mantener. Si no necesitas entrar en una ZBE, con 4.000 euros tienes muchísimas cosas para comprar que te servirán de sobra para tus cometidos. Si necesitas entrar a una ZBE puedes comprarte un coche histórico . En pandemia me compré un AX 1.1 aún recuerdo lo increíblemente bien que va ese coche , silencioso, con encanto y económico.

No necesitas 300 caballos. Caballos que intentan remendar vehículos cada vez más pesados. No necesitas una pantalla de 17 pulgadas. No necesitas que el coche aparque solo.

Citroen AX

Necesitas que arranque, que frene, que gire y que te lleve de un sitio a otro.

Y si eres más mayor y tienes un sedán familiar con unos años, quizá ese coche termine enterrándote.

Ya es tuyo.

Ya lo conoces.

Sabes lo que da de sí.

Sabes qué ruidos hace, qué averías ha tenido, qué mantenimiento necesita y qué puedes esperar de él.

Y, sobre todo, no estás pagando una letra de 300 o 400 euros todos los meses.

Y aquí viene el segundo acierto.

El sentimiento de propiedad que el marketing se empeña en denostar.

Ese coche que ya tienes. Ese coche de hace unos años. Ese coche que tiene todo lo que necesitas para moverte o disfrutar del motor.

Es tuyo.

Solo tuyo.

Está pagado.

No tienes que devolverlo. No tienes que cambiarlo cada cuatro años. No tienes que preguntarte cuánto vale dentro de tres años ni si el siguiente modelo tendrá una pantalla todavía más grande.

Seguramente ya haya perdido todo el valor que tenía que perder y, en el mejor de los casos, incluso estará empezando a revalorizarse.

Y eso tiene algo que hoy parece casi revolucionario: no tienes que hacer nada.

Puedes quedártelo.

Puedes seguir utilizándolo.

Puedes seguir disfrutándolo.

Puedes acertar simplemente por no cambiar.

Me acuerdo entonces del Credo del Fusilero, popularizado por La chaqueta metálica:

«Éste es mi fusil. Hay otros muchos, pero éste es el mío».

Quizá con los coches nos haya pasado algo parecido.

Éste es mi coche.

Hay otros muchos.

Mucho más nuevos. Mucho más potentes. Mucho más tecnológicos.

Pero éste es el mío.

Lo conozco. Lo he pagado. Sé lo que hace y sé lo que necesito de él.

Y mientras todo el mundo corre detrás del siguiente modelo, quizá el que se queda quieto sea el que, como aquel reloj parado, acierta dos veces.

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