Una de las comidillas más recurrentes entre los usuarios del coche eléctrico es el extremo ahorro que supone tener uno. Personalmente, creo que en algunas circunstancias muy concretas puede ser cierto.
Todos tenemos amigos con coches eléctricos. Todos sabemos que siguen siendo igual de pobres que antes de tenerlos, pero ahora notas que se peinan hacia otro lado, usan perfume y se sienten sofisticados. Dicen que ahorran, que cuidan el planeta y que forman parte de esa sociedad que quiere un futuro mejor para sus perros. Porque, si os fijáis, habitualmente el usuario del coche eléctrico no tiene hijos.
El precio de los carburantes está alto. Lo que no baja son los impuestos. Son, como todos sabemos, muy necesarios. Han servido para los incendios, para los trenes y otros transportes, para reconstruir los daños de la DANA, para evitar apagones, para poner estaciones de carga eléctrica a los inmigrante irregulares en Ceuta o para vaya usted a saber qué más.
No me quiero meter demasiado en política. Simplemente apuntar que, seas del partido que seas, te han engañado en mayor o menor medida. Y que, si no lo has vivido personalmente, has visto cómo nos dejan a nuestra suerte cada vez que ocurre algo.
Dicho esto, cuando se empeñan tanto en favorecer y promover el coche eléctrico desde esas mismas instituciones que te abandonan cuando más necesitas ayuda, yo, al menos, no entregaría mi voluntad tan fácilmente.
Así que, como mínimo, luchemos.
La gasolina está a dos euros. ¿Se ha manifestado alguien por ello? ¿Dónde están los sindicatos del transporte, de los trabajadores, de lo que sea? Untados en mantequilla.
Amigo lector, como el mundo está tan podrido y todo, incluso aquellos a los que pagas para defender tus intereses, se mueven por los suyos propios, como mínimo te mereces hacer lo que te salga de las pelotas.
Los electrificados, igual de pobres que antes gracias a ese ahorro sin igual, berrean: «¡Qué listos somos! ¡Nos movemos con electricidad!».
No. No son listos. Son oportunistas.
Siervos del poder. Engranajes de la sociedad de Un mundo feliz.
El precio del combustible, además, no lo sufrimos únicamente quienes llenamos el depósito. Lo sufrimos todos. Porque el combustible no solo mueve nuestros coches: mueve los camiones que traen la comida, las furgonetas que reparten los paquetes, los tractores que trabajan el campo, los vehículos de los autónomos y prácticamente cualquier cosa que necesite desplazarse.
Cuando transportar cuesta más, las cosas cuestan más. Así de sencillo.
Pero hay otra cuestión que me parece todavía más interesante.
El tipo que tiene su coche desde hace años también ha ahorrado.
Ese que no ha sucumbido a los cantos de sirena del marketing —leed, si queréis, el artículo «Marketing vs. pobreza»— y ha decidido seguir utilizando un coche que ya está pagado, que conoce, que mantiene y que cumple con su función.
Ese tipo quizá no presume de ahorrar.
Simplemente lo hace.
Porque hay una forma de ahorrar que consiste en gastar menos cada vez que utilizas algo. Y hay otra, bastante más incómoda, que consiste en no comprarlo.
Y esta segunda parece haberse convertido en una idea revolucionaria .
Nos han acostumbrado a llamar ahorro a cambiar una cosa por otra. A comprar un coche nuevo porque consume menos, un teléfono nuevo porque gasta menos batería, una casa más eficiente porque ahorra energía o cualquier otro producto que, después de una larga explicación comercial, termina costando varios miles de euros.
La cuenta suele empezar por el ahorro y terminar en la compra.
Y quizá deberíamos invertir el orden.
Antes de preguntarnos cuánto vamos a ahorrar con algo nuevo, deberíamos preguntarnos cuánto dinero tenemos que gastar para conseguir ese supuesto ahorro.
Porque si para ahorrar 1.000 euros al año tienes que gastarte 30.000, quizá no estás ahorrando tanto como creías. Quizá simplemente estás gastando 30.000 euros de una manera que resulta más agradable de justificar.
Y aquí es donde el coche eléctrico se vuelve especialmente interesante.
No niego que pueda ser más barato de utilizar. Dependiendo del precio de la electricidad, de dónde se cargue, del kilometraje anual, del vehículo y de las circunstancias de cada conductor, los costes de energía y mantenimiento pueden ser inferiores a los de un coche de combustión.
Pero una cosa es que utilizar un coche eléctrico pueda resultar barato y otra muy distinta es que comprar un coche eléctrico sea, por definición, una operación de ahorro.
No es lo mismo.
Y tampoco deberíamos convertir una decisión de consumo en una especie de certificado moral.
Puedes tener un coche eléctrico y seguir gastando por encima de tus posibilidades. Puedes tener un coche de gasolina y llevar tus finanzas perfectamente ordenadas. Puedes recorrer 30.000 kilómetros al año y encontrar sentido económico a un eléctrico, o recorrer 5.000 y descubrir que el supuesto ahorro tarda demasiado en compensar el desembolso inicial.
La economía doméstica no entiende de eslóganes.
Entiende de ingresos, gastos, deuda y patrimonio.
Y resistir nunca es fácil.
Porque resistir significa, muchas veces, decir que no cuando todo el mundo te está diciendo que sí.
No cambiar el coche porque el tuyo funciona. No financiar aquello que no necesitas. No comprar para demostrar que progresas. No confundir una tecnología nueva con una necesidad nueva. No permitir que una campaña publicitaria te convenza de que eres más responsable, más moderno o incluso mejor persona porque has comprado determinado producto.
Y, sobre todo, entender que el dinero que no gastas también es dinero que tienes.
Quizá no sea tan vistoso.
No sale en Instagram. No huele a coche nuevo. No tiene una pantalla de cuarenta pulgadas ni un logotipo que puedas enseñar a los vecinos.
Pero está en tu cuenta.
Y eso, en los tiempos que corren, también es una forma de libertad.
Por eso, quizá la verdadera resistencia no consista en elegir entre gasolina o electricidad.
Quizá consista en algo mucho más sencillo:
que la decisión de cómo gastar nuestro dinero vuelva a ser nuestra.
Si el coche eléctrico te sale a cuenta, cómpralo.
Si no te sale a cuenta, conserva el que tienes.
Si quieres cambiarlo porque te gusta, cámbialo.
Pero no permitas que te vendan como ahorro aquello que empieza con una compra de decenas de miles de euros. Ni que conviertan una decisión económica en una cuestión moral.
Porque al final, tanto si te mueves con gasolina como con electricidad, hay una pregunta que sigue siendo bastante más importante que el precio del kilovatio o del litro:
¿cuánto dinero te queda a ti cuando termina el mes?
Y quizá ahí descubramos que ahorrar no siempre consiste en pagar menos por movernos.
A veces consiste, sencillamente, en movernos menos hacia la caja registradora.
Y sobre todo. Echando gasolina eres un disidente del sistema .
