El Ford Fiesta de Maricarmen

Queridos Cuartomarchistas: ¿cómo hablar de la actualidad sin dejar de hablar de coches?

Os contaré una historia.

Hace cuatro o cinco años vi un Ford Fiesta L, de los primeros, en muy buen estado. Mi intención era comprarlo al menor precio posible para después venderlo. Algo lícito. A eso se dedican los compraventas y, aunque yo no lo hago de forma profesional, cuando manejas tantos coches, comprar y vender acaba convirtiéndose en algo habitual.

Ford Fiesta L

Fui a San Martín de Valdeiglesias y me atendió una señora muy agradable. En principio, la operación iba a ser rápida, pero me quedé bastante más de lo que pensaba.

La vendedora empezó a contarme historias del Ford. Era el coche de su padre.

El coche estaba muy bien. El Fiesta es un gran clásico, aunque quizá esté devaluado precisamente porque la palabra «Fiesta» nos suena demasiado actual. Pero el Ford Fiesta nació —hablo de memoria— en 1976 y fue la respuesta de Henry Ford al Renault 5 y al SEAT 127.

Personalmente, creo que el Ford va mejor que el 127 por una sencilla razón: el concepto de motor y, en general, la concepción mecánica del 127 era todavía más antigua, y eso se nota. Es algo parecido a lo que ocurre con un Rover Mini del año 2000. Es difícil compararlo con otro modelo de la misma época en cuanto a suavidad, porque su concepto se remonta a muchos años atrás.

Después de probarlo y firmar el contrato, llegó el momento de despedirme.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

La mujer se puso a llorar. Lloraba de emoción, de recuerdos, por la sensación de que un coche tan importante para ella se iba para siempre.

¿Alguna vez os ha pasado?

A mí sí, pero nunca de una forma tan visceral. Entre otras cosas, yo he vendido coches que solamente he utilizado yo y que no tenían ese ingrediente familiar, esa historia detrás.

Ford Fiesta L

Como recordáis, yo había comprado aquel coche para venderlo.

Pero, dada la historia, la experiencia que había vivido y la emoción y los sentimientos de la persona que me lo había vendido, terminé por quedármelo.

Sentí que no podía revender aquel coche simplemente para ganar dinero.

Además, en aquel momento no lo necesitaba realmente. Otra cosa habría sido que hubiese tenido que hacerlo por un apuro económico.

Me lo quedé.

Lo uso de vez en cuando. Va muy bien. Cada vez quedan menos. Y cuando lo arranco, me acuerdo de aquella historia: de las imágenes, de la casa de la señora, de sus lágrimas y de todo aquello que representa algo que va mucho más allá del beneficio propio.

No critico al que, en mi lugar, hubiera vendido el coche igualmente. Al final, el coche es tuyo y puedes hacer con él lo que consideres oportuno. Es de tu propiedad.

Pero, desde el punto de vista humano —ese que a veces olvidamos—, hay cosas que también merece la pena valorar.

Yo nunca habría comprado una casa para hacer negocio sabiendo que dentro vive una señora de 87 años. Y que además no se quiere ir . Por supuesto que pagar 500 euros al mes en esa zona es un lujo inviable para cualquiera . Pero habría llegado a algún acuerdo . No obstante , yo no echaría a la hoguera a la señora por pagar esa cantidad de alquiler . El problema no es ella. Ojalá que mucha gente pudiera pagar esas cantidades . Pero la oferta y la demanda lo desaconsejan .

Por hacer un símil, cuando hay alguien que se mete un poco en el carril bus o bici hay gente que le pita o luego no le deja pasar . Sí que es cierto, que viviendo en sociedad , hay que respetar ciertas reglas . Pero , a veces me parece tan cruel las caravanas de coches que se crean por pasar de dos carriles a uno , para meter un carril bus o bici , que en cierto sentido , me gusta esa pequeña subversión.

Respecto al Fiesta o respecto a la casa en el Retiro.

Seguro que puede ser un buen negocio. Seguro que otro negocio puede ser peor negocio, pero sigue siendo negocio.

Y, a veces, sin tener que hacerlo —porque insisto en que la propiedad es privada y cada uno puede hacer con ella lo que considere oportuno dentro de la legalidad—, pensar un poco en lo humano también está bien.

Seguramente no sea lo mejor para el negocio ni para el beneficio económico. Pero sí puede serlo para la conciencia de cada uno. Para ser, de vez en cuando, un pequeño faro de humanidad y no convertirnos en meros números.

Yo no sé cómo se soluciona el problema de la vivienda. Solo sé que los políticos, todos, deberían sentarse, entablar conversaciones y ponerse a trabajar. Aunque, sinceramente, muchas veces tengo la sensación de que no están preparados para abordar soluciones a problemas tan importantes.

Lo que tampoco me parece bien es que parezca que el problema sea de los propietarios.

Decía mi profesor de Constitucinal en la Complutense, Jorge de Esteban , del que siempre leía el artículo que escribía en El Mundo, que tratar a todo el mundo igual , es la mayor de las desigualdades . Otra opinión tendría del asunto , si los inquilinos tuviesen 30 o 40 años . Pero la señora tiene 87 años …

¿Esto quiere decir , que la culpa y la responsabilidad de estas cosas lo tienen los propietarios de un inmueble ?

Ni hablar.

Ellos no tienen la culpa.

Es un problema que se tiene que abordar desde arriba.

Yo solo os he dado mi opinión sobre lo que probablemente habría hecho, sin tener toda la información, y os he contado lo que hice con aquel Ford Fiesta L, el coche de una señora que me lo entregó entre lágrimas.

Y quizá, después de tantos años, esa sea la verdadera razón por la que todavía lo tengo.

Porque hay coches que tienen un precio.

Y hay coches que tienen una historia.

Y esos son mucho más difíciles de vender y ganar solo dinero . ¿ El problema ? Que la política intenta aprovecharse de todo, incluso de las desgracias . Y la sociedad ha perdido el sentido común y el pensamiento propio . Veremos

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