En un mundo en el que quieren dictarnos qué es lo correcto, a los niños cada vez les prohíben más cosas que forman parte de ser niños.
En mi época empezaron a aparecer las consolas y los ordenadores. Tuve la Mega Drive y me alucinaba jugar con ella. Pero nunca me olvidé de salir a jugar al fútbol, de hacer circuitos con las chapas o de jugar con mi enorme caja de coches de metal.
Siempre ganaba el italiano, pero había un Mercedes 190 que era fantástico en las curvas. Como si Kevin Schwantz se hubiera reencarnado en aquel coche alemán de juguete.
Hoy mi hijo se ha levantado y lo primero que ha hecho ha sido poner la tele. Además, ha elegido una película aburrida, de esas que salen en verano y que la gente va a ver por pura inercia.
Le he dicho:
—Eh!, Lope —sí, se llama Lope—, ¿quieres esforzarte en descubrir tu carácter y encontrar las cosas que te gustan?
Lope nació en la casa donde lo hizo Lope de Vega, cerca del Mercado de San Miguel. Y ahí estaba yo, preguntándome cómo podía ayudar a un niño de siete años a descubrir qué le apasiona, en lugar de dejar que la pantalla eligiera por él.
Me he sentado con él y le he dicho:
—Mira, sin que se lo digas a nadie, te voy a enseñar un Tesla.
Le he puesto el vídeo de la presentación del Tesla Roadster. Y entonces ha ocurrido algo curioso: el coche ha empezado a volar, a hacer piruetas, a desafiar lo que entendemos por un automóvil. Justo esas cosas que todos hemos hecho con nuestros coches de metal o que, al menos, hemos soñado con hacer.

Esta mañana, al ver la presentación, me he quedado pensando: «Pero, ¿qué demonios es esto?». Y he vuelto a sentirme como un niño. Seguro que tú , alguien racional , no entiendes de lo que te hablo. ¿ O si ?
El nuevo Tesla Roadster, presentado hoy, 16 de octubre, es mucho más que un deportivo eléctrico de cifras estratosféricas. Tesla ha mostrado una demostración en la que el coche se impulsa, se eleva, gira en el aire y aterriza gracias a un sistema experimental de propulsores de gas comprimido desarrollado con tecnología de SpaceX. También ha realizado maniobras espectaculares, como recorrer una rampa en posición invertida antes de salir despedido hacia el aire.

El proyecto llevaba años prometiendo algo así. La nueva generación del Roadster se anunció por primera vez en 2017 y su producción se ha ido retrasando. Ahora, Tesla apunta a 2028. Todavía queda por ver cuánto de ese espectáculo llegará al modelo de producción y qué capacidades tendrá realmente cuando circule por la carretera. Pero, por un momento, la tecnología ha conseguido algo que no aparece en ninguna ficha técnica: despertar la imaginación.
Y quizá por eso me ha gustado tanto. Porque no he visto únicamente un coche. He visto una máquina capaz de hacer que un adulto se olvide durante unos segundos de que es adulto.
Después de aquello, me ha dado por pensar que quizá mi hijo no necesitaba otra película, sino algo que le despertara las ganas de jugar, de imaginar y de descubrir. Me ha sorprendido que, con solo siete años, se levantara con esa actitud tan parecida a la de un adulto que ya no espera gran cosa del día.

Así que hemos buscado una buena serie de dibujos y hemos encontrado una de Hot Wheels, otra marca que parece empeñada en recordarnos que los niños tienen que ser niños.
Era una serie de coches que se daban golpes y hacían las mismas piruetas que el Tesla. He echado en falta un poco de humo saliendo del tubo de escape, pero, al menos, han roto un árbol. Algo que hoy podría ser condenable por alguna asociación subvencionada que pretende proteger el mundo por nosotros.
Y ojo, que no estoy en contra de cuidar el planeta, ni mucho menos. Lo que me preocupa es que, en nombre de tantas causas, acabemos convirtiendo el juego en una actividad sometida a un manual de instrucciones. Que hasta para imaginar haya que pedir permiso.
Ayer se presentaba también el Porsche Mission, con ese diseño rompedor que parece llegado del futuro. Seguro que es una máquina alucinante. Pero, joder, no vuela como el Tesla.
¿Y para qué quiero un coche que vuele?
Buena pregunta.
¿Para qué quería yo que mis coches de metal saltaran por encima de las rampas que construía en el salón? ¿Para qué dibujaba circuitos, organizaba carreras, inventaba accidentes y hacía que aquellos pequeños coches tuvieran una vida propia?
No servía para nada. Y, al mismo tiempo, servía para todo.
Porque jugar no consiste en hacer algo útil. Consiste en descubrir el mundo sin que nadie te diga todavía cómo debes entenderlo. En probar, equivocarte, inventar y volver a empezar. En convertir una caja de coches en un campeonato mundial y una rampa improvisada en el salto más espectacular de la historia.
Quizá el problema no sea que los niños vean la televisión, jueguen con consolas o se pasen un rato delante de una pantalla. Yo también tuve mis consolas y disfruté muchísimo con ellas. El problema empieza cuando dejamos de ofrecerles alternativas, cuando la pantalla se convierte en la primera respuesta y la imaginación deja de tener espacio.

Esta mañana, un coche que vuela me ha recordado algo que parece que estamos olvidando. No todo tiene que ser razonable. No todo tiene que ser educativo. No todo tiene que servir para algo.
Así que te lo pregunto a ti, que seguramente también tuviste una caja de coches, una bicicleta, un balón o cualquier otra cosa con la que eras capaz de pasar una tarde entera sin mirar el reloj.
¿De verdad necesitas un coche que vuele?
¿O has olvidado cómo eras cuando eras un niño?
