Una aventura puedes corrértela con cualquier moto. Entonces, ¿por qué cada vez hay más scooters que prometen llevarnos fuera del asfalto?
Hay una pregunta que me ronda la cabeza cada vez que aparece un nuevo scooter con aspecto de moto de campo.
¿Por qué?
¿Por qué necesitamos un scooter de 350 centímetros cúbicos, casi 200 kilos de peso, suspensiones de largo recorrido y neumáticos con dibujo mixto para salir a hacer una pista?
¿Por qué no hacemos enduro con una moto de poco más de 100 kilos? ¿Por qué no nos compramos una trail de verdad, una moto con la que podamos levantarnos sobre las estriberas, jugar con el peso, saltar, derrapar y meternos por donde nos dé la gana?
Porque, seamos sinceros, si hablamos de hacer enduro, un scooter aventurero no es precisamente la herramienta más adecuada.
Y, sin embargo, ahí están.
Cada vez hay más modelos que mezclan el concepto de scooter con una estética campera, ruedas de mayor diámetro, suspensiones más generosas y una promesa que parece haberse convertido en el argumento de venta definitivo: poder salir del asfalto.
Pero quizá la clave no esté en la aventura.
Quizá esté en lo que entendemos por aventura.
La aventura no necesita una moto de enduro
Durante mucho tiempo, la moto aventurera estuvo asociada a una imagen muy concreta: una trail, un viaje largo, una carretera secundaria, una pista de tierra y, a ser posible, un paisaje espectacular.
Pero la aventura no siempre empieza en Marruecos, en los Alpes o en una ruta de varios días.
A veces empieza saliendo del trabajo, tomando una carretera que no conoces o desviándote por un camino que aparece en el navegador.
Y ahí es donde estos scooters empiezan a tener sentido.
No porque sean mejores que una moto de enduro, sino porque permiten vivir una pequeña aventura sin tener que organizar una gran escapada.
El scooter sigue siendo cómodo, práctico, automático y relativamente fácil de conducir. Te lleva al trabajo, te permite moverte por la ciudad, aparcar con facilidad y, cuando llega el fin de semana, te invita a explorar un poco más allá.
No necesitas cambiar de moto. No necesitas tener dos vehículos. No necesitas convertir cada salida en una expedición.
La aventura puede estar en el camino de vuelta a casa.
El verdadero motivo: queremos salir del asfalto, pero no renunciar a nada
Quizá el éxito de estos scooters tenga mucho más que ver con nuestro estilo de vida que con sus capacidades fuera de carretera.
Queremos comodidad. Queremos protección contra el viento. Queremos un cambio automático. Queremos espacio para guardar el casco, poder llevar la compra y no tener que estar pendientes del embrague en los atascos.
Pero también queremos sentir que nuestra moto tiene algo más.
Que no está limitada a la ciudad.
Que podemos abandonar el asfalto cuando nos apetezca, aunque sea para recorrer una pista sencilla, llegar a una ermita, visitar un pueblo o descubrir un camino que no habíamos visto nunca.
Y ahí aparece una palabra que las marcas conocen muy bien: libertad.
La libertad de no tener que elegir entre una moto práctica y una moto divertida.
Aunque, en realidad, esa libertad siempre ha existido. Lo que ha cambiado es la forma de venderla.
El Piaggio Typhoon: cuando la aventura era cosa de chavales
Mucho antes de que habláramos de scooters crossover o de adventure scooters, ya existían modelos que invitaban a salir del asfalto.
Y uno de los grandes responsables de esa imagen fue el Piaggio Typhoon, presentado en 1993 bajo la marca Gilera.

El Typhoon no fue el primer scooter con aspiraciones fuera de carretera. Yamaha ya había lanzado el BW’s en 1988, y otras marcas también exploraron esta fórmula.
Pero el Typhoon se convirtió en uno de los iconos de aquella época.
Sus ruedas gordas, sus neumáticos de dibujo marcado, su estética robusta y aquel aspecto de pequeño scooter preparado para todo lo hicieron especialmente atractivo.
No era una moto de enduro. Ni lo pretendía.
Pero tenía algo que muchos scooters no tenían: una imagen que invitaba a hacer el cabra. Que te invitaba a meterte por caminos . Yo tuve uno , hasta que mi padre me pilló por el campo con el sin casco ni guantes . Lo vendió , más tarde empecé a correr enduro con una KTM

Con un Typhoon podías ir al instituto, recorrer el pueblo, moverte por la ciudad y, cuando aparecía un camino de tierra, sentir que no tenías por qué dar media vuelta.
Era una aventura a escala de 50 centímetros cúbicos.
Y eso, quizá, es lo que hoy estamos recuperando.
Porque el concepto no es nuevo. Lo que ha cambiado es la cilindrada, la tecnología y el precio.
Yamaha BW’s, Piaggio Typhoon y una idea que nunca desapareció
El Yamaha BW’s, conocido también como Big Wheels, fue uno de los primeros modelos en popularizar esta fórmula.
Después llegó el Typhoon, que convirtió esa estética aventurera en un fenómeno comercial.
Más adelante aparecieron modelos como el Aprilia Rally, el Honda X8R-X o el Beta Ark, todos ellos con una filosofía parecida: scooters sencillos, ligeros y con una estética que los alejaba de los modelos urbanos convencionales.
Lo interesante es que aquellos scooters no necesitaban justificar su existencia con grandes argumentos técnicos.
No tenían que demostrar que eran capaces de hacer enduro.
Simplemente ofrecían algo diferente.
Una sensación de robustez. Una imagen más campera. Una pequeña dosis de aventura en un vehículo cotidiano.
Y eso bastaba.
El nuevo scooter aventurero: más grande, más tecnológico y más caro
Hoy el concepto ha evolucionado.
La llegada de modelos como la Honda X-ADV y la Honda ADV350 ha demostrado que existe un público dispuesto a pagar por un scooter que no se limite a la ciudad.
Y ahora Yamaha quiere entrar de lleno en ese terreno con su nueva familia RW.
La RW350 lleva un motor de 327 cc, desarrolla 29,2 CV y pesa alrededor de 192 kilos. La RW700, por su parte, utiliza el conocido bicilíndrico CP2 de 689 cc, con 69,3 CV y un peso declarado de 221 kilos.
Son cifras que dejan claro que estamos ante vehículos muy diferentes de aquellos pequeños scooters de los años noventa.
La tecnología también ha cambiado. Ahora encontramos control de tracción, modos de conducción, pantallas TFT, conectividad, suspensiones más elaboradas y soluciones mecánicas específicas.
Yamaha incluso ha desarrollado para la RW350 una arquitectura que separa el motor de la transmisión CVT, buscando reducir las masas no suspendidas y mejorar el comportamiento de la suspensión trasera.
Pero hay algo que sigue siendo igual.
La idea de tener un vehículo que sirva para todo.
¿Pero realmente queremos hacer enduro con un scooter?
Aquí es donde conviene separar las cosas.
Un scooter aventurero no es una moto de enduro.
No tiene el peso, la geometría, las ruedas ni las suspensiones necesarias para afrontar el mismo tipo de terreno.
Una moto de enduro de poco más de 100 kilos puede meterse por lugares donde un scooter de casi 200 kilos sencillamente no debería entrar.
Y, si te caes, levantar una moto ligera es una cosa. Levantar un scooter de 200 kilos en una pista de piedras es otra muy diferente.
Por eso, cuando hablamos de estos modelos, quizá deberíamos dejar de utilizar la palabra enduro.
Lo que ofrecen es otra cosa.
Son vehículos pensados para salir del asfalto de manera ocasional, recorrer caminos sencillos, pistas forestales y carreteras en mal estado.
No para hacer trialeras. No para competir.
Sino para disfrutar de una libertad diferente.
Yamaha RW: una nueva forma de entender el scooter
La nueva familia RW de Yamaha parece recoger precisamente esa idea.

La RW350 está pensada para quienes buscan un scooter práctico, cómodo y capaz de aventurarse por caminos sencillos.
La RW700 va un paso más allá, con un motor de moto, transmisión por cadena y cambio automatizado Y-AMT, en una combinación que se acerca más a una motocicleta crossover que a un scooter convencional.
Y quizá esa sea la evolución natural de este concepto.

No hacer scooters que pretendan ser motos de enduro.
Sino crear vehículos que mantengan la comodidad del scooter y amplíen sus posibilidades.
Porque una aventura puedes corrértela con cualquier moto.
Pero quizá lo que queremos ahora es que la aventura no tenga que esperar al fin de semana.
Que empiece cada mañana. Que aparezca cuando nos desviamos del camino. Que esté ahí, sin necesidad de planificarla.
Y si para eso necesitamos un scooter de 350, con ruedas mixtas y suspensiones más largas, quizá la pregunta ya no sea por qué lo compramos.
Quizá la pregunta sea:
¿Por qué no?
