Aunque te roben un lavafaros.

Anoche no podía dormir.

Mi familia estaba acostada. Los gatos, alrededor, enroscados, dormidos, con esa cara de confort, seguridad y despreocupación.

Tengo una acampada cerca de una plaza mítica en Madrid. Lugar de encuentro y reunión. Lugar de paso. Lugar desde donde empiezan las venas que recorremos en nuestros coches como gotas de sangre.

La reivindicación es necesaria, pero las soluciones que se aportan no son buenas. No hay nadie al frente. Todo nace contaminado, crece contaminado y muere contaminado.

Mi mujer se acostó algo triste. Ella se levanta muy pronto a trabajar. Antes de que nazca el olor a café en las calles, ya aporrea un teclado mientras lucha con la ansiedad y con una agenda repleta.

Además, para colmo, ayer se dio cuenta de que le habían robado del coche, un Suzuki Across, un lavafaros.

¿Quién roba un lavafaros?

¿Querrá solo la tapa? ¿Si es porque lo quiere vender para comer, tendría que alegrarme?

Los petrolheads, a veces, nos envalentonamos con los coches. Lavadora, secadora, electrodoméstico. Nos encanta hacer valer esa autenticidad, esa pureza de pensamiento.

Luego, la mayoría no la aplica a su vida. Muchas veces porque dar el paso de lo que digo a lo que hago es difícil. Pero la mayoría de las veces sucede porque vivimos en un mundo que te obliga a no tener pensamiento propio.

Te obliga a ser de un credo mayoritario. Te obliga a estar a favor o en contra. Te obliga a tener que guardar en un cajón tus deseos. Te obliga a ser cauto con tus opiniones, a tener cuidado con lo que dices. Incluso a no comprarte ese coche que te gusta.

Por envidias.

Porque no piensen que vives bien.

Porque no piensen que eres de un partido u otro.

Porque no piensen que estás a favor de unos movimientos u otros.

¿Os habéis fijado en el color de los coches modernos? Son todos vetustos, tristes, melancólicos. Grises, negros , grises, negros, blanco no que se ensucia mucho . Negros, grises .

Ante esta circunstancia, con el mundo tal y como está, con la gasolina subiendo, con pequeñas pinceladas que maquillan las cosas que acongojan en el futuro, con luchas de clases, con gente diciéndote constantemente a qué tienes derecho y a qué no, diciéndote qué pensar, qué decir y a qué oponerte, puedes claudicar. Puedes camuflarte, puedes llamar a la puerta para que te dejen entrar . No te dejarán tan fácilmente. Para que no vuelvas a pecar, te harán ver que todo lo que has hecho es un error. Que ya te lo dijeron . Que era una locura.

Entonces:

Ya puedes comprar un abrigo de Decathlon y comprar un coche chino.

¿Un Ebro?

¿Un Omoda?

¿Un Lepas?

El que quieras. Son todos prácticamente iguales. Pasarás inadvertido. Serás el de la compra inteligente. Serás una persona cómoda para el sistema.

Conduciendo un coche chino, eres de aquí o de allá, de izquierdas o de derechas, del Barça o del Madrid, propietario o inquilino.

Llevando un coche chino, eliges la comodidad. Funcionan muy bien. Nadie te da tanto por tan poco te dicen, repites. Incluso puede que sea verdad.

Has decidido que nadie te robe un lavafaros. Nadie te lo raye por envidia. Nadie te diga lo que tienes que pensar o cómo tienes que vivir porque, a ojos de unos y otros, eres uno de los suyos. Has permitido que tu interior, tu profundo interior, tu rebelde interior, no salga al exterior. Algo así como evitar que Venom de la cara.

Has elegido un buen camino. Un camino cómodo.

Ya tenemos muchos problemas. Muchas diatribas. El mundo es agresivo y decides ir en un coche chino, con una plataforma que comparten siete marcas distintas y, aunque pretendan vencer a la industria europea, los chinos son buenos, trabajadores, son buena gente.

Pero, sobre todo, mansos, condescendientes, sumisos y conformistas.

No se quejan. No son rebeldes. No necesitan sentirse diferentes. No necesitan reivindicar su autenticidad. Viendo la vida como está, es normal. Quizá un futuro robot con IA, muestre más sentimientos que un chino. Ellos nunca se posicionan, ellos no te dicen lo que sienten, ellos no tienen ideas política, no escriben poesía ni ensayo , no les importa si hay algo tras la muerte, no les importa vivir en la misma tienda donde trabajan.

No es una crítica. Es lo más sensato. No estás solo. Hay muchos como tú. Como padre, empresario, obrero, marido, amante, te comprendo.

Pero entonces salgo a la calle.

Respiro. Me imagino una vida así.

Me imagino una vida llena de abrigos del Decathlon —que, cuidado, me encanta cómo ha democratizado el deporte—, llena de coches chinos, de personas autómatas y entonces pienso en mis hijos.

Pienso en que los quieren esclavizar. Pienso que seguramente sean esclavos de este mundo. Quieren que tengan un pensamiento común. Que no sean libres. Que no sean ellos mismos.

Que formen parte de algo que no es personal, es comunitario. Que un día se levanten y no sepan quiénes son. Que les den 15 días de vacaciones y no sepan qué hacer con ellas porque se aburren , porque no tiene aficiones,

Y ahí es donde te mando a la mierda por haber bajado los brazos. Dar mal ejemplo, haber virado tu existencia hacia la sencillez y un sentido común que no es el tuyo , es el que te han olvidado a tener.

Y ahí es donde arranco mi clásico. Me doy una vuelta y ayudo a despertar las consciencias grises del mundo. Ayudo a rebelarse contra el mundo gris.

Y le digo a mi mujer:

—¿Eres feliz tecleando antes de que huela a café por la mañana?

Ven.

Vamos a cambiar nuestro mundo. Vamos a ser valientes, vamos a intentar sentir cosas.

Y, de paso, damos ejemplo.

Porque quizá de eso se trate.

De no bajar los brazos.

De no aceptar que lo cómodo sea siempre lo correcto. De no permitir que nos digan quiénes tenemos que ser. De no enseñar a nuestros hijos que la solución es formar parte de la masa para que nadie te moleste.

Quizá se trate de algo tan sencillo como seguir siendo tú. Aunque incomode. Aunque te juzguen. Aunque te roben un lavafaros. Aunque te llamen loco. Aunque tu coche no sea sensato. Aunque tu forma de pensar no encaje.

Porque yo, al menos, no quiero despertar dentro de veinte años y descubrir que fui muy sensato, muy cómodo, muy prudente…

y absolutamente gris. Porque entonces te sientas en un sofá mientras todos duermen y no recuerdas nada , porque nada ha sido decisión tuya , ha sido decisión de otros .

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