Lavadoras y Mods

En la universidad iba habitualmente subido a una Vespa 250 GTS. Le puse la bandera Union Jack, le pinté unos cuadros de carreras, le compré una parrilla y le puse unos retrovisores. Al más puro estilo Mod británico.

Había un problema: aquella Vespa era moderna. Era de plástico. No era purista.

Más adelante me salió la oportunidad de comprar una Lambretta 200 SX, fabricada en Eibar. Le puse un escape deportivo y era preciosa.

Con ella me iba todas las noches al Costello, cerca de la calle Montera —no lo busquéis, que ya no está—, a la sala Sol a escuchar conciertos de esos que me gustan a mí, en sala pequeña, y al Wild Thing.

Me juntaba de vez en cuando con la escena Mod madrileña: fútbol y música, soul, revival, new wave. Desde Paul Weller hasta Wilson Pickett pasando por los Brighton 64 en alguna de sus innumerables vueltas al ruedo.

Molaba, joder.

No sé si ese Madrid tan molón, ese Madrid que yo disfrutaba tanto, sigue existiendo.

Para mimetizarme, iba con mi parka fishtail que compraba en Soldier, en Moncloa. Tenía unos preciosos loafers con flecos y borla, corbata fina… Nunca fui de movimientos culturales ni de pertenecer a una tribu concreta, pero aquella cultura me moló y me metí bastante en ella.

La gente era majísima. Y eran verdaderas enciclopedias musicales. Adoraba aquella Lambretta.

Pero un día, saliendo de la Sol, me di cuenta de que aquello tenía algo de secta. Algo de ambiente cerrado que a mí, como amante de la libertad, me costaba seguir. No me gusta ser esclavo de nada . Por eso quizá me quedo a medio camino de todo.

Deducí que aquellas personas tenían tan interiorizado todo aquello que lo habían hecho suyo, lo habían hecho familiar. Aquel pequeño microcosmos era todo su mundo. Era todo lo que atesoraban.

Dentro de ese mundo eran conocidos, admirados. Allí sabían quién era quién, qué disco había que tener, qué grupo merecía la pena y cuál no. Todo tenía un significado.

Y fuera de aquello… fuera estaba lo demás. Sobre todo los grupos nuevos que no tuvieran estética Mod.

Eran… ¿cómo decirlo?

Lavadoras.

¿Sabéis a qué me refiero?

Es normal. Son mundos muy atractivos, muy molones, que te absorben. Y cuando estás dentro, la misión parece ser cada vez más purista. Saber más, conocer más, distinguirte más del que acaba de llegar. Hasta que terminas sabiendo muchísimo de algo y, al mismo tiempo, convirtiendo todo lo que queda fuera en algo que ya ni siquiera merece tu atención.

Y con los coches pasa algo parecido.

Hay gente para la que un automóvil deja de ser un medio de transporte para convertirse en una especie de contraseña. Coches que vienen de familia , con historia . Si llevas un Alfa antiguo, un 911 de determinada época, un Mini, un 205 GTI o cualquier otra pieza que ellos consideren “con alma”, automáticamente formas parte de algo. De algo mejor . Y lo mejor está opuesto a lo peor.

Conoces los códigos. Sabes qué motor lleva, quién lo diseñó, qué versión es la buena, qué año hay que buscar, qué llantas son las correctas y, sobre todo, qué coches no merecen ni siquiera una conversación.

Y ahí aparece la palabra que a mí, de vez en cuando, se me escapa:

Lavadora.

Una lavadora es un coche que no dice nada. O, mejor dicho, que muchos no les dice nada.

Un coche moderno, silencioso, automático, lleno de pantallas, asistentes, sensores, modos de conducción y plásticos que parecen iguales en un Volkswagen, un Peugeot o un Hyundai. Un Ebro o un ByD. Un objeto diseñado para llevarte de A a B con la misma emoción con la que centrifuga una lavadora. Pones un programa y lo hace . Obediente, siempre igual , siempre esperas llegar como siempre, igual que cuando sacas la misma camiseta limpia .

Y entiendo perfectamente de dónde viene ese desprecio. Porque cuando has dedicado años a conocer coches, cuando sabes distinguir un carburador de una inyección mecánica, cuando reconoces un motor por cómo suena al ralentí, cuando sabes por qué un coche de determinada época tiene ese volante, esas llantas o esa posición de conducción, es muy difícil mirar un SUV moderno y sentir lo mismo.

El problema aparece cuando esa pasión deja de servir para disfrutar más de los coches y empieza a servir para decidir quién sabe y quién no sabe de coches. Para decidir y saber más que los cientos de ingenieros que tienen las fábricas .

Recuerdo una anécdota reciente . Hace poco fue la Fórmula 1 en Madrid . El equipo Alpine estaba cerca de la cuesta De la Vega y me vieron con mi Renault 8 y me saludaron con un respeto y veneración , que entendí el mensaje . “ nosotros también tenemos alma de viejos rockeros , nos encanta la música de antes , pero tenemos que tocar música para las nuevas generaciones “. Esto un equipo de Fórmula 1 .

Cuando piensas en lo desagradables que somos algunos mortales con lo moderno , recuerdo aquella época entre vinilos y motos de dos tiempos .

Entonces volvemos a lo mismo que me encontré aquella noche saliendo de la sala Sol.

El grupo se convierte en una pequeña tribu. Hay una estética, unos conocimientos, unos objetos de culto y también una frontera.

Dentro están los que entienden. Fuera están los demás. ¿ Acaso entendemos más y somos más listos que el que diseña un Cupra ?

Y los demás, muchas veces, son las lavadoras. Lo curioso es que yo también he caído en eso. Porque me encantan los coches con historia. Me gusta que tengan defectos, que huelan a gasolina, que tengan una palanca de cambios que entre con cierta resistencia, que el motor tenga carácter y que detrás de una línea haya alguien que haya tomado una decisión estética y no un departamento de marketing estudiando un segmento de mercado.

Pero tampoco quiero acabar convirtiendo eso en una religión. Me aparto de los ismos . Todos, absolutamente todos tienen lagunas de carencias .

Porque quizá el problema no sea que existan las lavadoras.

Quizá el problema sea pensar que nosotros, los que todavía disfrutamos de una máquina que hace ruido, vibra y tiene una historia detrás, somos necesariamente más libres que quien conduce una de ellas.

Y ahí es donde la cosa se pone interesante.

Porque, pensándolo bien, ¿no estaremos haciendo exactamente lo mismo que aquellos mods que despreciaban cualquier grupo que no entrara en su pequeño universo? ¿ y si estamos encarcelados en unos principios ? Y sobre todo qué hay de aquello , de negar el progreso . ¿ Acaso no resulta alucinante enchufar el coche en el mismo sitio donde haces café y que puedas irte a trabajar ? ¿ No es alucinante cómo se mueve una mole de 2000 kg ? La comodidad y la seguridad con la que ruedas … ¿Y si simplemente nos sintiéramos afortunados de conocer el mundo del coche clásico , para saber la línea del bien y del mal en lo moderno ?

¿Sabéis lo que molan de esto cuartomarchistas ? disfrutar del ayer y del hoy. Y si alguien osa decir que no eres purista, le miras, mientras recuerdas cómo volabas por las calles de Madrid en Lambretta yendo a garitos que ya no están.

Como dice mi hermana, es más difícil salir del Ikea que de la droga . Lo mismo pasa con los ismos. Y una vez que sales de ciertos radicalismos. Miras todo con más perspectiva.

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