DEMOLICIÓN CARS: gasolina, extraterrestres y otras formas de resistencia

En el año 2047, la humanidad había alcanzado la paz. Europa había vencido, los tapones que no se caían fue el inicio de sus normas para hacer el mundo más limpio, más sano, más seguro .

También había conseguido algo mucho más difícil: que todos los coches fueran exactamente igual de aburridos. Por Ley todos tenían que ser del mismo color , con el mismo equipamiento.

Todos eran eléctricos. Todos eran silenciosos. Todos tenían una pantalla gigantesca en el salpicadero. Todos tenían asistentes que te explicaban cómo conducir. Y todos tenían un nombre que parecía el de una lavadora coreana. Después de un acuerdo con Corea del Sur , habiendo sido la industria europea destruida, todos los europeos llevaban el mismo coche. El flamante

Model XZ-500. Tenía varios niveles de equipamiento ;

E-Motion 7.: para espíritus indomables, los tiradores de las puertas son rojos.

Urban Life Pro.: para los más aventureros, las manillas de las puertas son de camuflaje

EcoSphere. para los más ecologistas, no llevan maneras . Las puertas se abren con un chip implantado en el cortex cerebral del propietario .

En realidad, nadie sabía qué demonios significaban aquellos nombres. La sociedad había llegado a tal punto, que ni siquiera se percataban de este cambio en el color de las manetas . Casi todos elegirían la última opción, la del chip , porque el preocesador que se implantaba en el cerebro , era gratuito por comprar el coche. Tenía otras funciones además de abrir el coche . Lo importante era , que eran sostenibles.

Y eso era lo importante.

La humanidad había solucionado la contaminación, el ruido y, de paso, había conseguido que conducir dejara de tener la más mínima gracia ni emoción . Con lo que nunca había accidentes.

Bienvenidos al futuro

En aquella época ya no se decía:

—¡Hijo de puta!

Se decía:

—Su lenguaje no cumple con los estándares de convivencia vial.

El coche lo escuchaba. Lo grababa. Lo procesaba. Y treinta segundos después llegaba la multa. Nunca ocurría , pero si cometías dos infracciones al año , el coche te llevaba directamente ante un juez de guardia y tenías que pasar 2 años cliogenizado.

INFRACCIÓN 453-B: USO DE LENGUAJE HOSTIL DURANTE LA CONDUCCIÓN.

500 euros. La segunda vez, 1.000. Y al juez.

Tampoco se podía acelerar demasiado. Ni frenar demasiado. Ni girar demasiado. Ni mirar demasiado rato al coche de al lado. Ni modificar el vehículo. Ni cambiar el escape. Ni poner música demasiado alta. Ni llevar una pegatina que pudiera interpretarse como ofensiva. Los coches eran perfectos. Los conductores, no.

El mundo era ideal y seguro . Hasta que un martes por la mañana …la Tierra tembló.

La guerra de los mundos… con batería al 100 %

Todo empezó como empiezan las grandes catástrofes: con un mensaje en la pantalla.

“Actualización del sistema disponible.”Millones de conductores pulsaron “Aceptar”. Y entonces todos los coches se apagaron.

Bueno.

No exactamente. Las pantallas siguieron funcionando. La climatización también.

El Spotify continuó reproduciendo una lista de “Música relajante para reducir la ansiedad”. Pero las ruedas no giraban. Los coches estaban muertos. Y entonces ocurrió algo mucho más preocupante. La tierra comenzó a abrirse.Primero en Londres. Después en Berlín. Luego en Nueva York. Madrid. Tokio. Buenos Aires. Y de las profundidades surgieron unas criaturas gigantescas.

No eran máquinas. No eran robots. Eran extraterrestres. Enormes. Horribles. Y aparentemente muy cabreados.

Sus máquinas caminaban sobre tres patas y disparaban rayos capaces de convertir un SUV eléctrico de 80.000 euros en un cenicero.

La humanidad respondió con sus mejores armas. Drones. Satélites. Inteligencia artificial. Ciberataques.Nada funcionó.

Entonces alguien tuvo una idea.

—¿Y si usamos los coches?

El general miró alrededor.

—¿Cuáles?

Silencio.

Todos los coches eléctricos estaban muertos.

Entonces recordamos a los dinosaurios

Alguien mencionó una palabra que llevaba décadas prohibida en las reuniones de movilidad sostenible.

Gasolina.

Se produjo un silencio sepulcral.

—¿Gasolina?

—Sí.

—¿Pero eso todavía existe?

—En algún sitio.

—¿Y los coches?

Otra pausa.

—También.

Y entonces comenzaron a buscarlos En garajes. En almacenes. En museos.

Los coches que durante años habían sido considerados reliquias de una civilización primitiva empezaron a salir de sus escondites. Un viejo BMW.. Un Mercedes. Un Subaru. Un Ford.Un Porsche. Un SEAT 600.

Un montón de coches que nadie quería ya.

Y, entre todos ellos, apareció algo todavía más peligroso. Un mecánico de 73 años. El último que pudo sacarse en su día el grado de electromecánica.

El hombre que sabía qué era un carburador

Se llamaba Manolo. Llevaba 52 años arreglando coches. No sabía programar. No tenía redes sociales. No sabía qué era TikTok.

Y cuando alguien le habló de inteligencia artificial respondió:

—Aparta esa puta mierda de mis oídos, joder.

Manolo abrió el capó de un viejo coche. Miró el motor.

—Esto arranca.

—¿Está seguro?

—No.

—¿Entonces?

—Pero podemos intentarlo.

Giró la llave.

CLAC.

Nada.

Volvió a intentarlo.

CLAC, CLAC.

Manolo golpeó ligeramente el salpicadero.

—Vamos, cabrón.

BRRRAAAAM. El humo que salía por el escape hizo temblar a los adultos que nunca habían visto ni oído un motor de combustión.

El motor despertó. Todo el taller quedó en silencio. El sonido era obsceno. Puro Rock. Violento. Maravilloso.

Un motor de combustión funcionando en un mundo eléctrico.

Manolo sonrió.

—¿Veis?

Los chavales lo miraron.

—¿Qué?

—Esto.

—¿Qué tiene?

—Alma.

—Pero contamina.

Manolo volvió a mirar el motor.

—Ahora mismo también nos están intentando matar los extraterrestres. Ya discutiremos esa mierda.

LA RESISTENCIA

La noticia corrió como la pólvora. Los coches de combustión funcionaban. Los extraterrestres no podían apagarlos. No tenían software. No tenían conexión. No tenían actualizaciones. No tenían asistentes. No tenían ni siquiera Bluetooth. Eran mecánicos. Estúpidos. Brutos. Y completamente independientes. Exactamente lo que necesitábamos.

En cuestión de días nació la resistencia. Los llamaron terroristas. Retrógrados. Contaminadores. Negacionistas del futuro.

Ellos se autodenominaron de otra manera:

Los Hijos del Octanaje. Y Manolo añadió . Los Hijos de puta que van a salvar esta mierda de mundo.

Y tenían un lema:

“Si arranca, sirve.”

LA BATALLA FINAL

La última batalla comenzó a las seis de la mañana. Los extraterrestres avanzaban hacia Madrid. Entraban por Plaza Castilla . Demolieron las torres como si fueran gominolas en un colegio.

Miles de personas se refugiaban en edificios. Los últimos coches eléctricos permanecían abandonados en las calles. Entonces se escuchó algo. Muy lejos. Un rugido. Después otro. Y otro.

Por la autopista aparecieron los coches de la resistencia. Primero un viejo todoterreno. Después una berlina. Después un deportivo. Después cientos.

Coches que probablemente no habrían pasado una ITV ni aunque el inspector estuviera borracho. Pero borracho hay que estar para no dejar circular a cierto tipo de coches.

Y al frente iba Manolo. Con su viejo coche. Un Alfa Romeo GTV al que apodaba, baja bragas.

El extraterrestre más grande levantó una de sus patas. Manolo bajó la ventanilla. Sacó la cabeza.

—¡Eh!

El extraterrestre rugió.

Manolo encendió un cigarro.

—Te voy a explicar una cosa.

Pisó el acelerador.

—En este planeta hay dos tipos de gente.

El motor rugió.

—Los que saben conducir.

Metió segunda.

—Y los que saben arreglar coches.

Metió tercera.

—Y tú no eres ninguna de las dos.

A FONDO.

Los coches atacaron a los extraterrestres. El sonido fue ensordecedor. El frenesí hacía que los conductores , la resistencia, se cagara en las miles de madres de aquellls bichos . Los coches eléctricos de alrededor, que funcionaban pero no podían moverse, No paraban de emitir sanciones, multas, por violencia verbal al volante . Mientras aquellos hijos del octanaje, se batían el cobre por el futuro del mundo. Si aquellos coches anodinos hubieran podido, habrían llevado a la resistencia al juzgado. Hijo de putas, coños, cabrones. Miles de motores rugiendo simultáneamente, ensordecedor. Los extraterrestres retrocedieron. No aguantan aquel sonido que salía de aquellos motores. Nunca habían visto algo parecido.

Habían estudiado nuestra tecnología.Habían analizado nuestros satélites. Habían hackeado nuestras redes. Pero habían cometido un error. Habían subestimado una cosa. La estupidez humana.

Porque un ser humano puede pasar treinta años desarrollando una tecnología para hacer algo.

Y después pasarse otros treinta intentando encontrar la forma más absurda de enterrarla. Sin reconocimientos, a la basura, ya no sirves.

Los extraterrestres huyeron. Muchos con los gases del escape, murieron antes de huir.

Y, después de tres días de batalla, la humanidad ganó.

EPÍLOGO

Un año después, las cosas habían cambiado. Los coches eléctricos volvieron a funcionar. Los extraterrestres desaparecieron. Las ciudades fueron reconstruidas. Y la humanidad aprendió una importante lección.

Nunca vuelvas a enterrar un coche. Especialmente si tiene motor de combustión.

En un pequeño local de Madrid, Manolo montó un taller . El coche de combustión salvó al mundo y muchas personas empezaron a utilizarlo de nuevo.

Un chaval entró.

—Oiga, ¿me puede arreglar el coche?

Manolo levantó la vista.

—¿Qué le pasa?

—No arranca.

Manolo salió. Abrió el capó. Lo miró durante cinco segundos.

—Batería. ¿ no sabes ni si quiera cuando no arranca porque no tiene batería ?

—¿Cuánto me va a cobrar?

—Nada.

El chaval sonrió.

—¿En serio?

—Sí. Pero a cambio ven dos o tres días , que te voy a enseñar unas cuantas cosas.

Manolo enseño a ese chaval todos sus conocimientos, para que no se perdieran, no vaya a ser , que vuelva a ser necesarios, para salvar el mundo .

algo comenzó a rugir.

FIN.

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