Había una película llamada Battleship, una americanada de esas que te pegan al asiento y hacen que no pienses demasiado (que también está bien), en la que, para combatir a los alienígenas y salvar el futuro de Estados Unidos y del mundo, los protagonistas recurren a un buque de guerra antiguo, sin apenas electrónica. Por supuesto, consiguen ganar la batalla.
La industria automovilística europea debió de ver esa película, porque lleva años librando una lucha fratricida por desempolvar viejos buques de guerra. Nombres míticos de la automoción que vuelven al presente para intentar conquistar el futuro.
Hay varias formas de hacerlo.
Por un lado, está el éxito más que evidente de Renault. Se sacó de la manga un bonito coche eléctrico llamado Renault 5. La misma receta ha utilizado con el Twingo. Ha vuelto a sacar a relucir las siglas Gordini. Y ahí está también el nombre Espace, presente en el imaginario de la marca y en el mundo del automóvil.

Aunque, a nuestro pesar, no haya motores de combustión en algunas de estas propuestas, hay que reconocer que esos diseños inspirados en el pasado, que respetan en cierta medida el origen y el espíritu de sus predecesores, funcionan. Ya decía Nietzsche —aunque no sé si llegó a formularlo exactamente así— que la modernidad consiste en ver algo viejo como si fuera nuevo. A mí, esta manera de utilizar los clásicos para traerlos al futuro me gusta.
Citroën también se ha subido al carro con la posible llegada de un nuevo 2CV, de la que se ha hablado con vistas a 2028. Opel ha recuperado las siglas GSE para sus modelos deportivos electrificados. Y seguramente otras marcas harán lo propio con su pasado.

Hasta aquí, puedo respetarlo. Lo que no me parece de recibo es utilizar nombres históricos como mero reclamo de marketing. Hablo de coches como el Ford Capri eléctrico, que poco o nada tiene que ver con el clásico más allá del nombre. Es, en cierto sentido, una utilización oportunista de una denominación que pasaba por allí.

Respecto a la receta de Renault, muchos aficionados al automóvil están de acuerdo. Sin embargo, se lamentan de que estos coches no beban gasolina. Fiat tiene su reedición del 500, que ha cosechado un notable éxito y que también ha contado con motores de combustión. Pero no sé por qué el Fiat 500 no ha conseguido despertar exactamente la misma mística que el nuevo Renault 5, por poner un ejemplo. Quizá sea porque el diseño de este último resulta realmente alucinante y consigue evocar con bastante fidelidad lo que fue el Supercinco, aunque no sea una reproducción literal.
Otros aficionados están en desacuerdo con la recuperación de estos nombres clásicos. Algunos dicen que aceptarían mejor estas reinterpretaciones si fueran coches de gasolina.
¿Y qué ocurre entonces? Pues que estaría bien que también tuvieran motores de combustión, pero ¿a qué precio? ¿De verdad compraría ese aficionado el coche si tuviera un motor de gasolina? ¿O es una forma de expresar su rechazo a la electrificación sin que necesariamente vaya a convertirse en un comprador?
A mí, la receta de Renault, Opel o Citroën no me disgusta. Primero, porque hay un trabajo de diseño detrás que se sirve de un modelo icónico para traerlo al presente. Puede que quien compre uno de estos coches no recuerde el Supercinco, el primer 2CV o los modelos que dieron origen a esas siglas. Pero ahí está precisamente lo bonito: la historia del Renault 5, del Opel Corsa GSE o del 2CV sigue viva gracias a estas nuevas interpretaciones.

Es algo parecido a lo que ocurre con la memoria histórica. Durante años se ha intentado borrar del mapa a nuestros coches clásicos: achatarrarlos, dificultar su circulación y expulsarlos de las ciudades. Y, al no poder hacerlos desaparecer por completo, quizá hayamos encontrado otra forma de mantenerlos presentes: reinterpretarlos y devolverlos a las calles.
Cuando voy a un pueblo y veo una plaza del Caudillo o una calle de José Antonio, me gusta que esos nombres sigan ahí, no por lo que representan, sino porque no me gusta que se borre la historia. La historia está para conocerla, estudiarla y juzgarla, cada uno como considere. Yo tampoco cambiaría el nombre de una calle dedicada a las Trece Rosas o a Santiago Carrillo por el simple hecho de que su significado pueda resultar incómodo para alguien. No intentaría borrar la historia, sino comprenderla. Y sobre todo, al igual que el nombre de esas calles que resisten lo políticamente correcto , al final, el nuevo Twingo o 5, son estandartes de aquellos coches , que también son políticamente incorrectos. ¿ Y si un joven que tiene un Renault 5, comprara también un 5 clásico ? ¿ lo hubiera hecho de no existir el eléctrico por la calle ?
Pues bien, gracias a estos coches podemos entender que la historia también puede mantenerse viva a través de los objetos cotidianos. Y que muchas más personas podrán conocer la historia del 2CV y de aquella famosa prueba para la que fue concebido: transportar una cesta de huevos por un campo arado sin romperlos.
Por otro lado, creo que Europa ha dado en el clavo al recurrir a la tradición para responder a su retraso tecnológico respecto a China. Una de las pocas formas que tiene ahora mismo la industria europea de diferenciarse y sobrevivir es apostar por el diseño, la identidad y la familiaridad. Si no siempre podemos ganar en tecnología, quizá podamos hacerlo en personalidad.
Pero ¿hasta qué punto es importante todo esto?
Estamos hablando de nombres de coches que despiertan nuestra nostalgia, pero que nacieron en vidas y circunstancias mucho más ásperas que las actuales. Recuperar el nombre del 2CV significa recordar aquel modelo mítico, pero también una época marcada por la posguerra, el franquismo en España, las consecuencias de las guerras mundiales y la escasez. Aquellos coches no nacieron para alimentar la nostalgia de nadie. Nacieron para resolver problemas cotidianos: llegar al trabajo, transportar mercancías, ir al mercado o recorrer caminos en los que apenas había asfalto.
Y hay otra cuestión. El coche se está convirtiendo cada vez más en un simple medio de transporte. Lo importante es que sea económico, consuma poco, no dé problemas y nos lleve de un sitio a otro. Basta con mirar a nuestro alrededor: cada vez vemos más coches parecidos, con diseños similares y pintados casi siempre de los mismos colores, entre grises, blancos y negros.
Por eso, cuando aparece un Renault 5 amarillo entre tanto coche gris, no puedes evitar pararte a mirarlo.
Y esa es la pregunta que me queda, y la razón por la que creo que también es positivo recuperar estos nombres del pasado: ¿podrán ayudarnos a volver a ver el coche como algo más que un simple medio de transporte?
¿Volverá el automóvil a despertar emociones? ¿Recuperaremos esa relación pasional con las máquinas que hizo que tantas generaciones soñaran con un coche concreto, con una forma, con un color o con un sonido de motor?
¿Conseguirá el amarillo del Renault 5 teñir de nuevo el gris del parque móvil que nos rodea?
Veremos si estos viejos barcos de guerra consiguen ganar, una vez más, la batalla contra los alienígenas.
Por último. La pregunta favorita de todos . ¿ Por qué eléctrico y no combustión ?. Lo que se pretende con estos coches es una re interpretación moderna del modelo. Si quieres un Renault 5 de gasolina , lo tienes , el mejor , al mejor precio , sin rival .

