El coche eléctrico y la renuncia a pensar: entre los negacionistas y los siervos del progreso

Polarización . La palabra de moda . La situación a la que nos han llevado. Hay algo profundamente revelador en el debate actual sobre el automóvil. Basta mencionar un coche eléctrico para que aparezcan dos bandos que parecen incapaces de escucharse. De un lado, quienes lo consideran una amenaza, una imposición política o una tecnología condenada al fracaso. Del otro, quienes lo presentan como el destino inevitable de la humanidad y contemplan cualquier crítica como una muestra de ignorancia, egoísmo o resistencia al cambio.

Para mí la causa del mal es la siguiente . Quizá parte de la animadversión hacia el coche eléctrico no sea realmente un rechazo al progreso, sino a la manera de imponerlo. Porque el progreso deja de percibirse como tal cuando, en lugar de convencer al ciudadano con sus ventajas, se pretende conducirlo hacia una determinada opción mediante restricciones, prohibiciones y limitaciones al uso del coche de combustión. No es lo mismo que una tecnología se imponga por ser mejor que sentir que te obligan a abandonarla porque así lo han decidido otros. La resistencia, en ese caso, no tiene por qué ser negacionismo ni miedo al cambio: puede ser una reacción ante la pérdida de libertad para elegir. Porque el verdadero progreso debería ampliar nuestras posibilidades, no reducirlas en nombre de un futuro que otros han decidido por nosotros. Y a menudo quien decide por nosotros, nos ha mentido .

Pero…

Ambos tienen un problema. Y no es necesariamente su opinión sobre el coche eléctrico. O su opinión acerca de quién pretende conservar su motor de combustión. Es su manera de llegar a ella.

Porque una cosa es defender una tecnología y otra muy distinta convertirla en una cuestión de fe. En un dogma . En una religión.

Los negacionistas: rechazar antes de comprender

El coche eléctrico tiene inconvenientes reales, pero también ventajas evidentes. Negar estas últimas por prejuicios, desconfianza o apego sentimental al motor de combustión no convierte a nadie en un pensador independiente. Simplemente lo convierte en alguien que ha decidido de antemano qué quiere creer. Y ha decidido de antemano , quién o qué es el enemigo.

Hay quien sostiene que los eléctricos se incendian constantemente, que sus baterías duran cuatro días, que nunca podrán viajar largas distancias o que contaminan más que cualquier coche de gasolina en cualquier circunstancia. Son afirmaciones rotundas que, cuando se examinan con rigor, suelen resultar exageradas, incompletas o directamente falsas.

La realidad es menos cómoda para los discursos absolutos. Los coches eléctricos pueden ofrecer una conducción excelente, costes de uso reducidos y ventajas ambientales durante su utilización. En muchos contextos, sus emisiones a lo largo del ciclo de vida son inferiores a las de los vehículos de combustión, aunque el resultado depende de factores como la fabricación de la batería, el origen de la electricidad y los kilómetros recorridos.

Nada de esto obliga a comprarse uno. Pero sí obliga, si queremos debatir honestamente, a reconocer sus virtudes.

Rechazar una tecnología sin comprenderla no es pensamiento crítico. Es prejuicio con apariencia de convicción.

Los siervos del progreso: cuando la novedad se convierte en dogma

Sin embargo, existe otra forma de renunciar al pensamiento propio, quizá más sofisticada y socialmente mejor aceptada: asumir que todo lo nuevo es necesariamente mejor y que el progreso tecnológico debe ser obedecido, no discutido.

Es la actitud de quienes parecen considerar que el futuro ya ha dictado sentencia y que nuestra única obligación consiste en adaptarnos. Si una tecnología es nueva, es progreso. Si una política la impulsa, es inevitable. Si alguien plantea inconvenientes, es porque no entiende el mundo que viene.

Pero ¿desde cuándo el progreso está exento de crítica?

El coche eléctrico tiene desafíos que merecen una discusión seria: el precio de adquisición, el acceso a puntos de recarga, los tiempos de viaje en determinados trayectos, la degradación y sustitución de las baterías, el impacto de la extracción de materias primas y las dificultades particulares de quienes no disponen de garaje propio.

También importa la diversidad de necesidades. No utiliza el coche de la misma manera quien vive en el centro de una gran ciudad, quien recorre diariamente cientos de kilómetros por motivos laborales o quien vive en una zona rural con escasa infraestructura de recarga.

Pretender que una única solución tecnológica resulta igualmente adecuada para todos es confundir una tendencia industrial con una verdad universal.

Y hay algo todavía más preocupante: cuando alguien deja de evaluar una tecnología por sus resultados y empieza a defenderla por lo que simboliza, ya no está razonando sobre automóviles. Está protegiendo su identidad, su ideología o su pertenencia a un grupo.

El progreso, convertido en dogma, deja de ser progreso intelectual.

El sentido común no consiste en quedarse en el pasado

Conviene aclarar algo: reivindicar el sentido común no significa idealizar el motor de combustión ni añorar un pasado en el que los coches contaminaban más y las tecnologías de seguridad eran mucho peores.

El sentido común tampoco consiste en desconfiar de todo lo nuevo. Si así fuera, seguiríamos rechazando innovaciones que hoy consideramos imprescindibles.

Consiste en algo bastante más exigente: analizar cada avance por lo que realmente aporta, reconocer sus limitaciones y decidir en función de las circunstancias, no de las consignas.

Un coche eléctrico no es bueno simplemente por ser eléctrico. Un coche de gasolina no es mejor por tener un motor que conocemos desde hace generaciones. Ambos son máquinas que deben evaluarse atendiendo a su seguridad, eficiencia, coste, impacto ambiental, utilidad y adecuación a las necesidades de quien las utiliza. Y sobre todo saber , que esperamos de él .

Y las respuestas no siempre serán idénticas.

Para una persona que carga en casa y realiza desplazamientos cotidianos, un eléctrico puede ser una opción extraordinariamente razonable. Para otra que carece de un punto de recarga accesible o necesita recorrer largas distancias con frecuencia, la decisión puede ser diferente. En otros casos, un híbrido, un vehículo de combustión eficiente. Pueden tener sentido

No hay ninguna derrota intelectual en reconocerlo.

La trampa de los dos bandos

El verdadero problema aparece cuando el debate deja de buscar respuestas y empieza a exigir adhesiones.

El negacionista necesita que el eléctrico sea un fracaso para confirmar sus sospechas. El devoto del progreso, el borrego por ser también peyorativo, necesita que sea una solución perfecta para justificar su entusiasmo. Ambos seleccionan los datos que les convienen, exageran los defectos del adversario y sospechan de cualquier argumento que contradiga sus convicciones.

Uno encuentra una noticia sobre un incendio de batería y la convierte en una prueba definitiva de que los eléctricos son peligrosos. El otro señala sus ventajas ambientales y económicas y actúa como si esas ventajas resolvieran automáticamente todos los problemas de infraestructura, fabricación y utilización.

En ambos casos, la complejidad molesta. El debate molesta . Y sobre todo aceptar beneficios de la parte contraria molesta.

Y, sin embargo, es precisamente ahí donde comienza el pensamiento independiente: en la capacidad de sostener dos ideas aparentemente contradictorias. El coche eléctrico puede representar un avance importante y, al mismo tiempo, no ser la solución ideal para todos. El motor de combustión puede seguir siendo útil en determinados contextos y, a la vez, presentar desventajas ambientales y/o económicas que no debemos ignorar.

Madurar intelectualmente consiste en aceptar que una tecnología puede tener razón en unas cosas y no en otras, sin necesidad de convertirla en una religión o en un enemigo.

¿Quién decide qué significa progresar?

Hay otra cuestión que merece atención: el papel de las instituciones, las empresas y las políticas públicas en la transformación del automóvil.

Las decisiones regulatorias pueden acelerar una tecnología, orientar las inversiones y cambiar las opciones disponibles para los consumidores. Eso no las convierte automáticamente en acertadas ni en equivocadas. Pero sí hace necesario examinar sus objetivos, sus costes, sus plazos y sus consecuencias reales.

Una transición tecnológica bien planteada debe tener en cuenta la capacidad económica de los ciudadanos, las diferencias entre territorios, la infraestructura disponible y las alternativas que realmente pueden utilizarse. También debe evaluarse a partir de resultados medibles, no únicamente de promesas.

Pedir explicaciones no es negar el cambio climático. Cuestionar el diseño de una política no significa defender la contaminación. Y exigir que una solución funcione en la práctica no es estar en contra del futuro.

Una sociedad que confunde la crítica con la hostilidad termina empobreciendo su propio debate público.

El progreso necesita innovación, inversión y voluntad de cambio. Pero también necesita escepticismo, evaluación y capacidad de rectificación. Sin esos contrapesos, cualquier proyecto puede acabar protegido por una narrativa que no admite preguntas.

La verdadera libertad es poder cambiar de opinión

Quizá la cuestión más importante no sea si dentro de veinte años conduciremos coches eléctricos, híbridos o alguna tecnología que hoy apenas imaginamos. Es si seremos capaces de valorar esas opciones sin entregar nuestro criterio a quienes pretenden pensar por nosotros.

No hay libertad intelectual en rechazar el futuro por sistema. Tampoco la hay en aceptar el futuro porque alguien nos asegura que es inevitable.

La independencia consiste en poder reconocer que uno estaba equivocado, incluso cuando ese error forma parte de su identidad. Consiste en cambiar de opinión cuando aparecen mejores pruebas. En distinguir entre hechos, intereses comerciales, decisiones políticas y preferencias personales.

Y consiste, sobre todo, en no necesitar que una tecnología sea perfecta para reconocer sus ventajas, ni que tenga defectos para cuestionar su conveniencia.

El coche eléctrico merece una evaluación rigurosa, no una condena anticipada ni una canonización prematura.

Porque el verdadero progreso no consiste simplemente en fabricar coches diferentes. Consiste en construir una sociedad capaz de pensar mejor.

Y si para subirnos al coche del futuro tenemos que renunciar al sentido común, quizá el problema no esté en el coche, sino en quién lleva el volante de nuestras ideas.

Pero, que es lo que realmente hemos perdido con el coche eléctrico.

Hay algo que las cifras de eficiencia, los tiempos de aceleración y los argumentos medioambientales difícilmente pueden medir: el placer de conducir. La verdadera virtud del coche de combustión, especialmente para quien ama el automóvil, no reside únicamente en desplazarse, sino en disfrutar del camino: escuchar el rugido del motor, sentir cómo sube de vueltas, jugar con el cambio de marchas, percibir las vibraciones mecánicas y experimentar esa conexión casi visceral entre la máquina y quien la conduce. El eléctrico puede ser más eficiente, más silencioso y extraordinariamente rápido, pero la velocidad no lo es todo, como tampoco lo es la eficacia. Conducir también puede ser un acto lúdico, una experiencia sensorial, una pasión que no busca llegar antes, sino disfrutar más. Y mientras algunos ven en el automóvil una herramienta de transporte que debe optimizarse, otros seguimos viendo en él una máquina capaz de despertar emociones. Porque una cosa es llegar del punto A al punto B y otra muy distinta es disfrutar de cada kilómetro que los separa.

Ahora , os voy a decir una cosa . Si el coche eléctrico vuela como lo hizo el Tesla nuevo en su presentación . Quizá deberíamos reabrir de nuevo este debate . Y quien sabe , si cambiar de opión. Ya sabes , ser libre .

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