Opinión : la sociedad del motor, los beneficios de no sentir. El coche clásico como respuesta.

Vivimos en una sociedad que ha confundido avanzar con llegar antes, tener éxito con producir más y ser feliz con acumular experiencias que apenas tenemos tiempo de sentir. Una sociedad que ha convertido la vida en una carrera permanente, donde parece que detenerse es fracasar, que descansar es perder el tiempo y que dedicar unos minutos a quienes amamos es, en ocasiones, un lujo que no podemos permitirnos.

El motor de nuestro tiempo ya no es únicamente el de los coches que rugen en las carreteras. Es un motor mucho más silencioso y, a la vez, mucho más devastador: el de la prisa, la ambición, el individualismo y la necesidad constante de sentir que estamos haciendo algo útil, algo rentable, algo que nos acerque a esa versión idealizada de nosotros mismos que la sociedad nos ha vendido.

Y lo más paradójico es que, aun siendo conscientes de algunas de las contradicciones de esta forma de vida, hemos aprendido a parapetarnos detrás de los beneficios que hemos conseguido, como si todo aquello que hemos sacrificado para alcanzarlos pudiera quedar justificado por alguna de las cosas que hacemos bien. Hemos construido una especie de contabilidad moral en la que compensamos nuestras ausencias con nuestros logros, nuestras renuncias afectivas con nuestros compromisos profesionales y nuestras carencias humanas con aquellas virtudes que nos permiten seguir mirándonos al espejo sin demasiadas preguntas.

En esa contabilidad también hemos introducido la ecología. Podemos haber renunciado a compartir tiempo con nuestros hijos, haber convertido la vida familiar en una sucesión de encuentros apresurados y haber delegado el afecto en los pocos minutos que nos dejan libres nuestras obligaciones, pero encontramos cierto consuelo en pensar que, al menos, no contaminamos con nuestro coche. Como si ser respetuosos con el medioambiente pudiera compensar nuestra ausencia en casa. Como si una decisión ambientalmente responsable pudiera convertirse, también, en una absolución personal.

«Soy mal padre, pero no contamino con mi coche».

Quizá nunca pronunciemos estas palabras de forma literal, pero a veces parecen resumir una manera de entender la conciencia: necesitamos encontrar un territorio en el que sentirnos buenos para no tener que detenernos demasiado en aquello en lo que sabemos que estamos fallando. Y no es que cuidar el planeta carezca de valor; al contrario, es una responsabilidad imprescindible. La contradicción aparece cuando convertimos una virtud en un refugio, cuando utilizamos una conducta positiva para evitar mirar de frente otras dimensiones de nuestra vida que también merecen cuidado y responsabilidad.

Porque no se trata de elegir entre contaminar menos o ser mejores padres, entre respetar el planeta o cuidar a quienes tenemos cerca. Se trata de comprender que ambas cosas forman parte de una misma responsabilidad: la de no vivir como si el mundo, en cualquiera de sus dimensiones, estuviera a nuestro servicio.

Tal vez el problema no resida en los beneficios que hemos conseguido, sino en la necesidad de utilizarlos como escudo frente al coste humano que han tenido. En convencernos de que, porque hacemos algo bien, podemos permitirnos no cuestionar lo demás. Y así, mientras perfeccionamos nuestra imagen de ciudadanos responsables, profesionales competentes y personas comprometidas con determinadas causas, corremos el riesgo de descuidar aquello que no se mide en emisiones, productividad ni objetivos alcanzados: la calidad de nuestra presencia, la profundidad de nuestros vínculos y la responsabilidad afectiva que tenemos hacia quienes forman parte de nuestra vida.

Corremos hacia el trabajo, hacia el gimnasio, hacia nuestros objetivos, hacia una mejor versión de nuestro cuerpo, de nuestra cuenta bancaria, de nuestra posición social. Corremos para no quedarnos atrás, para no sentirnos inferiores, para demostrar que somos alguien en un mundo que parece medir nuestro valor por lo que conseguimos y no por lo que somos capaces de ofrecer a los demás. Y, mientras tanto, la familia espera. Los padres envejecen, los hijos crecen, las parejas se convierten en compañeros de agenda y las conversaciones se reducen a mensajes rápidos, respuestas automáticas y promesas aplazadas para un momento que casi nunca llega.

Hemos aprendido a optimizarlo todo, excepto nuestra capacidad de amar.

Queremos relaciones que no nos compliquen la vida, personas que encajen en nuestros horarios, afectos que no exijan demasiado y vínculos que nos aporten bienestar sin alterar nuestra comodidad. El amor, que siempre ha requerido tiempo, paciencia, renuncia y presencia, empieza a parecernos una carga cuando interfiere en nuestros planes personales. Ya no preguntamos tanto qué podemos aportar a la vida de los demás, sino cuánto nos aporta el otro a la nuestra. Incluso el cariño parece haberse sometido a la lógica del rendimiento: si no nos hace sentir bien, si no nos satisface, si no nos devuelve inmediatamente lo que damos, buscamos otra cosa.

Es el triunfo de un hedonismo social disfrazado de libertad, de autocuidado y de superación personal. Un hedonismo que nos invita a priorizar nuestros deseos, a perseguir nuestras metas y a convertirnos en protagonistas absolutos de nuestra propia existencia, olvidando que una vida centrada exclusivamente en el yo puede terminar siendo una vida llena de logros, pero profundamente vacía de vínculos. Porque cuidarse no es egoísmo, perseguir sueños tampoco lo es; el problema aparece cuando el bienestar personal se convierte en una excusa permanente para desentendernos de quienes nos necesitan.

Y así nos vamos transformando en autómatas de nuestra propia rutina. Nos levantamos, trabajamos, entrenamos, consumimos, contestamos, producimos y volvemos a empezar. Vivimos pendientes de la siguiente obligación, del siguiente objetivo, del siguiente estímulo. La inmediatez nos ha acostumbrado a quererlo todo ahora, a resolverlo todo rápido, a sentir sin profundizar y a pasar página antes incluso de haber comprendido lo que hemos perdido. Nos cuesta escuchar porque estamos pensando en lo siguiente; nos cuesta estar presentes porque nuestra mente ya está en el mañana. Tenemos el cuerpo en una habitación y la cabeza en diez lugares diferentes.

Y quizá lo más inquietante de todo sea que no siempre somos felices viviendo así. A veces, detrás de tanta actividad, de tantas metas y de tanta aparente seguridad, existe un cansancio que no se cura durmiendo, una soledad que no desaparece rodeándonos de gente y un vacío que ninguna compra, ningún reconocimiento laboral ni ningún entrenamiento consigue llenar del todo.

Porque, en algún rincón de nuestra conciencia, sabemos que hay cosas que estamos dejando atrás.

Sabemos que podríamos llamar más a nuestros padres, escuchar durante unos minutos más a nuestra pareja, jugar un rato con nuestros hijos o visitar a ese familiar al que siempre decimos que iremos a ver cuando tengamos tiempo. Sabemos que, en ocasiones, no es que no tengamos tiempo, sino que hemos decidido emplearlo en otra cosa. Y esa diferencia, aunque intentemos disimularla, pesa.

Ahí nace una de las contradicciones más humanas de nuestro tiempo: la culpabilidad de saber que deberíamos estar más presentes en la vida de los demás, mientras seguimos eligiendo una vida que nos mantiene ausentes.

Una culpabilidad incómoda, porque no siempre procede de la falta de amor, sino de la distancia entre el amor que sentimos y el tiempo que realmente estamos dispuestos a dedicarle. Podemos querer profundamente a nuestra familia y, aun así, relegarla. Podemos echar de menos a alguien y no llamarlo. Podemos reconocer que una persona nos necesita y convencernos de que mañana estaremos más disponibles. No somos necesariamente personas sin sentimientos; somos personas que, demasiadas veces, subordinamos nuestros sentimientos a nuestra comodidad, nuestras ambiciones o nuestras rutinas.

Y para soportar esa contradicción hemos aprendido a construir justificaciones. Decimos que trabajamos por nuestros hijos, que nos sacrificamos por nuestra familia, que necesitamos entrenar para encontrarnos bien, que estamos construyendo un futuro mejor. Y muchas veces es cierto. Pero también puede ser cierto que, mientras construimos ese futuro, estemos sacrificando el presente de quienes supuestamente son la razón de nuestro esfuerzo.

Nos refugiamos en la idea de que todo lo hacemos por amor, aunque el amor apenas encuentre espacio en nuestra agenda. Nos repetimos que ya habrá tiempo, que ahora toca luchar, que algún día podremos disfrutar de todo lo conseguido. Sin embargo, la vida no siempre respeta nuestros calendarios. Los hijos no permanecen pequeños hasta que terminamos de ascender profesionalmente. Nuestros padres no dejan de envejecer mientras alcanzamos nuestros objetivos. Y las personas que nos quieren también se cansan de esperar, aunque no siempre tengan el valor de decirlo.

Quizá por eso nos cuesta tanto detenernos. Porque el silencio nos obliga a escuchar aquello que el ruido mantiene oculto. Cuando dejamos de correr, cuando apagamos el teléfono, cuando no tenemos una obligación que cumplir ni una meta que perseguir, aparece esa pregunta que tanto nos incomoda: ¿estamos viviendo de acuerdo con lo que decimos que importa?

Y entonces surge la culpa, no como un enemigo al que debamos destruir, sino como una señal de que todavía existe una parte de nosotros que distingue entre lo urgente y lo verdaderamente importante. El problema no es sentirla, sino intentar enterrarla bajo más trabajo, más ejercicio, más consumo, más distracciones y más velocidad. Porque aquello que no resolvemos emocionalmente no desaparece por mantenernos ocupados; simplemente aprende a esperarnos en silencio.

Tal vez el drama de esta sociedad no sea que hayamos dejado de amar, sino que hemos empezado a vivir como si amar pudiera esperar. Como si los afectos fueran permanentes, las oportunidades infinitas y las personas que nos quieren estuvieran obligadas a comprender indefinidamente nuestras ausencias.

Hemos convertido el tiempo en dinero, el cuerpo en un proyecto, el trabajo en una identidad y la felicidad en una obligación individual. Pero hemos olvidado que hay cosas que solo existen cuando les dedicamos tiempo, y que hay personas a las que no basta con quererlas: también necesitan sentir que estamos ahí.

Pero Oscar, qué tiene que ver esto, con el mundo del motor.

El mundo del motor nos ofrece una metáfora perfecta de esta realidad. Vivimos fascinados por la potencia, la aceleración, la velocidad punta y la capacidad de llegar antes que los demás. Admiramos las máquinas que responden al instante, que eliminan las esperas y que convierten cada desplazamiento en una demostración de rendimiento. Y, sin embargo, pocas veces nos preguntamos qué sentido tiene disponer de tanta potencia si hemos perdido la capacidad de decidir hacia dónde queremos ir.

Hemos aprendido a acelerar, pero no a detenernos. A competir, pero no a acompañar. A conquistar objetivos, pero no a conservar los vínculos que dan sentido a nuestras conquistas.

Porque una máquina puede funcionar durante horas sin preguntarse por qué está en marcha. Un ser humano, en cambio, necesita algo más que movimiento para sentirse vivo. Necesita propósito, afecto, pertenencia y la certeza de que su existencia no se limita a cumplir una sucesión de tareas.

Quizá la verdadera libertad no consista en hacer siempre lo que nos apetece, sino en no convertirnos en esclavos de nuestros propios deseos. Quizá el verdadero éxito no sea llegar más lejos que los demás, sino no perder por el camino a quienes daban sentido al viaje. Y quizá la madurez empiece cuando dejamos de justificar todas nuestras ausencias y nos atrevemos a reconocer que, a veces, bajo la apariencia de una vida exigente y llena de responsabilidades, también se esconde nuestro miedo a renunciar a algo de nosotros mismos por los demás.

El automóvil clásico representa, en muchos sentidos, una respuesta a las contradicciones de nuestra sociedad actual. Frente a la inmediatez, la sustitución constante y la obsesión por avanzar, nos devuelve el valor de la paciencia, del cuidado y de la satisfacción que no necesita ser inmediata. Nos enseña que no todo lo antiguo está obsoleto, que reparar también es una forma de valorar y que aquello que merece la pena conservar exige tiempo, dedicación y afecto.

Cuando a mí coche clásico, no le presto atención , se estropea. Cuando a mí coche clásico no le cuido , se queja. Cuando mi coche clásico está estropeado, no lo llevo al taller, lo arreglo yo, porque sé que el tiempo y el amor que le pueda dar, nadie se lo dará en ningún sitio . Cuando hace frío , tiro del starter. ¿ habéis sentido cuando suena diferente o hay algo que no va bien ?.

Y quizá ahí resida su mayor virtud: en recordarnos que cuidar una máquina durante décadas puede enseñarnos algo sobre cómo deberíamos cuidar nuestras relaciones. Porque, mientras dedicamos horas a recuperar una pieza, escuchar un motor o preservar una historia, a veces somos incapaces de encontrar unos minutos para quienes más nos necesitan. Un clásico puede convertirse, sin proponérselo, en un espacio de encuentro entre generaciones, en una pasión compartida con nuestros hijos o en un legado que trasciende su valor material. Nos recuerda que el verdadero valor no siempre está en lo que poseemos, sino en lo que somos capaces de conservar y compartir.

El coche clásico encierra una lección tan necesaria en nuestro tiempo: lo que se cuida dura. Y que a veces el intentar tener éxito en el mundo de hoy , descuida lo realmente importante . Y a veces , nos percatamos. Y otras veces, estamos tan anestesiados que nos da igual la pérdida. Queremos por encima de todo, cumplir objetivos, que casi siempre no son nuestros. Son impuestos. Son la meta, a la que hemos de llegar, para alcanzar la felicidad moderna. Y una vez ahí, miras abajo , miras alrededor y no queda nada . Solo un sacrificio consistente en usar técnicas de tierra quemada.

A veces, lo verdaderamente importante es aprender a cuidar lo que tenemos, compartir aquello que amamos y no perder a las personas que dan sentido al viaje. Porque el auténtico lujo no es disponer de la máquina más rápida, sino tener tiempo para disfrutar del camino y conciencia suficiente para recordar quién nos espera al llegar. Por eso , es importante el coche clásico. Y cuando subes en uno, a veces ves el mundo con otro punto de vista .

Deja una respuesta